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Libros de Terror

Silencio

Portada inglés Silencio - Silent children

Silencio (Silent children, 1996) fue la tercera novela de Solaris Terror y la segunda incursión en dicha colección de John Ramsey Campbell, escritor nacido en Liverpool el 4 de enero de 1946. De autor de pastiches lovecraftianos evolucionó hasta convertirse en un escritor con estilo propio y gran capacidad para situarse en el interior de la mente de sus personajes más enfermizos; una habilidad muy propia del gran maestro del terror Edgar Allan Poe. La obra Demonios a la luz del día (Demons by daylight, 1973), algunos de cuyos relatos aún contienen algunos elementos de los Mitos, y Solo entre los horrores (Alone with the horrors, 1993) son dos de sus trabajos más destacables. Las novelas Los sin nombre (The nameless, 1981) y El segundo nombre (Pact of the fathers, 2001) han sido algunas de sus adaptaciones más populares.

La sinopsis de la novela que nos proporciona La factoría de ideas en la contraportada es la siguiente: Había una vez un hombre que amaba a los niños. En su opinión, cualquier enfado o el más leve indicio de que no se estuviese prestando suficiente atención a un niño era motivo para que los padres perdieran a ese hijo. Por desgracia, Hector Woollie no trabajaba para el Servicio de Protección de Menores. Había una vez una mujer llamada Leslie que antes tenía una vida feliz, pero ahora está divorciada y enfrascada en interminables batallas con su ex marido. Cuando su hijo Ian y Charlotte, su hermanastra menor, desaparecen, Leslie teme que su hijo haya huido, pero no puede entender por qué se iba a llevar con él a la niña. Así pues nos encontramos con un asesino en serie de niños; profundicemos un poco en esta idea.

Han sido multitud el número de asesinos de niños a lo largo de la historia. En el Nuevo Testamento se describe la conocidísima por todos Matanza de los Inocentes llevada a cabo por el Rey Herodes I el Grande en la ciudad de Belén y sus alrededores para asesinar al Mesías. Dicho relato carece de fundamento histórico escrito salvo en el Evangelio de Mateo y en el libro apócrifo llamado el Evangelio armenio de la infancia. No obstante puedo ser un plagio de la historia hindú del nacimiento de Krishna donde se nos cuenta que su tío, el rey Kamsa, hizo degollar a todos los niños del país para impedir que, una vez creciese, le matara y ocupase su puesto. Pero existen casos completamente documentados y reales. Los más espantosos que se conocen están separados nada menos que por seis siglos: Gilles de Rais y Andrei Chikatilo.

Gilles de Montmorency-Laval, barón de Rais, llamado Gilles de Rais (1404-1440) fue un noble francés del siglo XV que luchó en los años finales de la Guerra de los Cien Años junto a Juana de Arco, de la que se enamoró. Se convirtió en mariscal y amasó una gran fortuna que dilapidó en grandes excesos. Para evitar su bancarrota se aficionó a la alquimia, la magia negra y los sacrificios humanos. Entre 1432 y 1440 se contabilizaron hasta mil desapariciones de niños de entre 8 y 10 años de edad a los que torturaba, vejaba y asesinaba de las formas más crueles imaginables. Se le condenó por asesinato, sodomía y herejía. Rechazó la gracia real (por ser Par de Francia) y fue decapitado en el prado de la Madeleine en Nantes. En uno de los múltiples interrogatorios a los que fue sometido llegó a decir: Yo soy vuestra pesadilla.

Andrei Romanovich Chikatilo (1936-1994), conocido como el carnicero de Rostov, fue el más sanguinario asesino en serie de la antigua Unión Soviética con, al menos, cincuenta y tres asesinatos. Llevaba una doble vida: por lado era un hombre casado, trabajador y miembro del Partido y por el otro un sádico asesino que descargaba sobre los niños sus pulsiones sexuales de forma brutal. Sus disfunciones sexuales, unidas a sus profundos trastornos mentales, le llevaron a destripar, mutilar y canibalizar a sus víctimas además de todo tipo de enfermizos actos de naturaleza sádica. Fue detenido y se descubrió que el ADN de su sangre y el de su semen no coincidían (síndrome quimera). Fue sentenciado a pena capital mediante un disparo en la nuca. En un momento del juicio comentó: Yo soy un error de la naturaleza, una bestia enfadada.

Así pues, y regresando a la novela, el autor recurre a ese estilo propio del cine de los años setenta de te podría pasar a ti que tantos éxitos ha cosechado. Campbell usa con gran maestría la atmósfera asfixiante y tenebrosa que de forma tan correcta sabe aplicar a sus relatos y transmitirla al lector. Lejos de la casa encantada que nos ofreció en Nazareth Hill(The house of Nazareth Hill, 1996) en esta novela nos presenta un peligroso psicópata de paradójica forma de pensar. Hector Woollie desea que los niños sean felices, que no alboroten, que guarden silencio. Y no dudará en enterrarlos bajo toneladas de hormigón para conseguir que sus lloros se transformen en ese silencio tranquilizador que su oscura alma anhela. La patética descripción de Woollie contrasta notablemente con su repugnante comportamiento. Y cito:

Pelo marchito y greñudo, ojos de chiflado por ver demasiadas cosas, mejillas hundidas y arrastradas hacia abajo por una barba de semanas. Sólo a su boca le vendría bien estar más hundida. Se secó un último hilillo de sangre con la manga de su impermeable, pasó la lengua por sus encías doloridas y luego levantó el labio superior y movió el inferior. No era de extrañar que no hubiese impresionado a las niñas: la visión fugaz de los dientes que le quedaban en su mandíbula inferior arruinaba el efecto. Hector Woollie es un cruel asesino, totalmente perturbado, cuyas más terribles atrocidades fueron cometidas en el pasado y al que actualmente se le da por muerto. Este comienzo in res media proporciona al lector la sensación de que leemos la segunda parte de una primera novela nunca escrita.

Esa primera novela elíptica se encuentra llena de infanticidios en los que los pequeños cuerpos terminan sepultados bajo el hormigón de edificios en construcción y a los que Hector Woollie cree estar haciendo un favor. Afirma actuar por el bien de esas pobres e inocentes almas para evitarles el sufrimiento de unos padres que no sepan educarles, una madurez llena de problemas y complicaciones y una vejez fatigosa y cargada de penurias. La solución que les ofrece frente a los rigores de la vida, en forma de excusa para la comisión de sus asesinatos, es la muerte. No la hemos leído y muy probablemente nunca lo haremos, pero resulta del todo innecesario. Sabemos la clase de individuo que es y lo peligroso que resulta dejar a los niños sin protección cerca de él. No se necesita más para sentir la mayor repugnancia por ese inmundo asesino.

Los protagonistas de la historia son una familia desestructurada: hace tiempo, Leslie y Roger eran un matrimonio feliz con un hijo, Ian. Tras unos años, Roger se divorció para casarse con Hilene, con la que tuvo a Charlotte. Los hermanastros son todo lo diferente que cabría esperar: Ian tiene trece años y tiene la rebeldía de la edad mientras que Charlotte es una niña de ocho años lista, obediente y consentida. El punto de partida es muy similar a su anterior novela con un joven Ian (Amy en su anterior obra publicada en esta colección) y una casa que ha sido escenario mudo de un asesinato, Jericho Close (como lo fue Nazareth Hill) y donde ambos desean regresar. En ambos casos existe la carencia de una figura paternal (la madre para Amy y el padre ausente para Ian). El paralelismo, eso sí, termina aquí.

Jericho Close es la herencia que Roger recibe de una tía y que en el momento del divorcio pasó a manos de Leslie junto con el dinero necesario para reformarla y convertirla en una tienda de discos. Es en este momento cuando entra en escena Hector Woollie como encargado de la reforma y cuya esposa trabaja en un hospicio para personas con enfermedades mentales, a las que usa como ayudantes. En su último crimen la niña no estaba aún muerta y pudo asomar un dedo por encima del encofrado, por lo que Woollie se quiso deshacer del único testigo de semejante descuido, pero no se atrevió a hacerlo cuando Terence (el ayudante) le confesó que ya lo había contado a más gente. La única salida que le quedaba era desaparecer, hacerse pasar por muerto, cosa que consigue al fingir su ahogamiento.

La casa aparece en el periódico local dando cuenta del regreso a la Casa de los Horrores, provocando una marea de cartas de preocupados ciudadanos que consideran que debiera quedar vacía, como el resto de las casas donde se encontraron cadáveres de los crímenes de Woollie, o ser vendida y el dinero donado a la familia de la última víctima. Leslie visita la tumba de la niña, pero allí se cruza con la madre de la pequeña, que la insulta y prohíbe acercarse al lugar de reposo de su pequeña. Este hecho se une a la hostil visita de Verity Drew, la periodista que dio la noticia del regreso a la Casa de los Horrores, que pese a ir en silla de ruedas no despierta la más mínima pena o simpatía al deformar la verdad cuanto es preciso en aras de la noticia más amarilla, mentirosa y llamativa posible. Desde el principio es patente su odio por Leslie y Ian.

Leslie, harta de la soledad, alquila una habitación a Jack Lamb, un escritor de terror que pronto logra congeniar con Ian, que le admira como figura paterna y mentor en la escritura, y con Leslie. Pero, desde su llegada, se suceden los hechos desagradables: llamadas de teléfono, pintadas en las puertas y el acoso de los vecinos y la prensa. Y cuando parece que las cosas no pueden empeorar, Hector Woollie lee el periódico con la noticia de las pintadas y la fotografía de Jack y siente que debe regresar de nuevo a Jericho Close. Y es que los apellidos de Hector y Jack dan una pista al lector inteligente acerca de la relación que existe entre esos dos hombres tan distintos. En la traducción también se pierden otros juegos de palabras entre el inglés británico y americano, pero ya se sabe: traduttore traditore, aunque no sea por culpa suya.

Si normalmente las novelas de Ramsey Campbell tardan en arrancar, Silencio confirma esta teoría. Hacia la mitad del libro se produce el secuestro de Charlotte e incluso hay que leer bastantes páginas más hasta su primera interacción con Woollie. Como es su costumbre, Campbell dedica muchas páginas a las reacciones y conversaciones (a veces vacías de contenido) de los protagonistas adultos que continuamente retoman las subtramas de la novela mermando el suspense y profundizando en su psicología: Leslie es una mujer necesitada de afecto, George un egoísta que considera a su mujer una histérica, Hilene insoportable y superficial con complejo de Barrio Sésamo, Ian un joven rebelde, Charlotte una niña pequeña insufrible y Jack Lamb es el típico norteamericano de película (listo y carismático). Y luego está Hector Woollie, claro.

La historia, una vez la niña es secuestrada y se desencadena el núcleo del relato, mantiene una tensión continua en todas aquellas escenas en las que Ian y su hermanastra Charlotte intentan escapar del secuestro de Woollie. La espada de Damocles que pende sobre sus cabezas va descendiendo lentamente porque, aunque se supone que el secuestrador dice querer lo mejor para los niños, todos ellos tienen el mismo macabro final. Como en cualquier thriller cinematográfico que se precie, el lector es capaz de anticipar en los intentos de fuga que cuando menos se lo esperen los pequeños protagonistas, el asesino abrirá los ojos, aparecerá por la puerta o escuchará algún ruido, dando al traste con los planes de los niños. Y de hecho así es; en ese sentido no podemos esperar mucha originalidad.

El título escogido en la versión en castellano Silencio destroza el original inglés Silent children, dado que se pierde buena parte del significado en la traducción. De adjetivo calificativo, Niños silenciosos o Niños mudos (en tanto están muertos), pasa a ser un sustantivo, Silencio. Es bastante frecuente que la política editorial de marketing predomine sobre la fidelidad al título de la obra. Afortunadamente para los admiradores del arte fosco, la portada del libro es bastante descriptiva acerca de la trama y, sin duda, una de las más perturbadoras de toda la colección junto con Un coro de niños enfermos (A choir of ill children, Thomas Piccirilli, 2003). En todo caso, si Nazareth Hill era complicada de englobar como una novela de terror, más difícil lo es para Silencio. Eso sí: se le supone uno de los mejores trabajos de Campbell. Ejem.

Ficha Técnica

Título: Silencio

Editorial: La Factoría de Ideas

ISBN: 978-84-8421-571-7

Autor: John Ramsey Campbell

Páginas: 344

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