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Poesía

Porque nunca fue suyo

Portada Porque nunca fue suyo

Fernando Joaquín López Guisado nació en Madrid en 1977. Pese a que su profesión es Técnico en Imagen para el Diagnóstico, compagina su labor con la escritura. Allá por el año 1995 se publicó en autoedición el poemario “Aromas de soledad” y en 1998, ya bajo la editorial “Huerga y Fierro”, “El altar de los siglos”. Actualmente vive en Rivas Vaciamadrid, relativamente cerca de la capital. Según dice en el propio prólogo del libro este poemario, “Porque nunca fue suyo”, supone su tímido regreso a la escritura que abandonó por razones personales sobre las que no vamos a indagar porque cada persona es un mundo. La obra puede abordarse, tal y como explica el autor, de dos formas diferentes: leída como poemas sueltos, de forma independiente unos de otros o seguida, de forma estructurada como si de una novela se tratase. He usado ambos procedimientos y debo decir que, pese a que tiene toda la razón al respecto, la segunda resulta una experiencia más satisfactoria al existir un orden en los escritos que a simple vista puede pasar desapercibido. Ignoro las razones que le llevaron a dejar de escribir y nunca se lo preguntaría, pero confío que regrese con renovadas fuerzas. No tenemos tantos genios como para dejarlos marchar.

Al igual que el maestro de bardos, William Shakespeare (1564-1616) en sus famosos “Sonetos”, la trama transcurre entre tres personajes que se conocen muy bien y sobre los que gira el conjunto de la obra. En total son un conjunto de 154 poemas de los cuáles los dos últimos son alegóricos y aluden a temas como el amor, los celos, la belleza, la vida en general y la mismísima muerte. Fernando López realiza un ejercicio de similar maestría, aunque con un estilo completamente distinto dado que no hay dos poetas iguales, que comienza con la “Intriga” y termina con “Una canción para el fin del mundo”, una manera inmejorable de terminar la obra como podremos ver un poco más adelante. Sin embargo, hay que estar muy atento a los detalles que se narran en todos los poemas para comprender que esa “canción” no es ni mucho menos el final sino, antes bien, el recomenzar de todo lo que el “Obitus” nos había negado. Pero que sea un nuevo comienzo no quiere decir que ese comienzo sea más positivo que el del día anterior, como también tendremos ocasión de ver. Recordemos que “obitus” es el origen etimológico de la palabra óbito, que usamos para referirnos al fallecimiento y a la muerte.

El poemario está dividido en tres partes bien diferenciadas: “Obitus”, “De profundis” y “Diluculum”. Para aquellos que no tuvieron la suerte de estudiar latín en el bachillerato, o ya lo han olvidado, daremos unas pequeñas aclaraciones. “Obitus”: pertenece a la cuarta declinación latina (us-us) y utilizado en su caso nominativo puede significar tres cosas: ocaso, referido a la posición del sol y las estrellas en el firmamento al final del día, muerte o destrucción. “De profundis” (“desde el fondo”) pude hacer referencia al salmo 129 de la Biblia en su versión “vulgata” o al texto epistolar escrito por el genial Oscar Wilde (1854-1900) a su amante Alfred Douglas (1870-1945) escritores ambos. No obstante me gustaría pensar (por puro romanticismo) que Fernando López tenía en mente el famoso y desgarrador poema latino: “De profundis clamavi cor meum, epur corde tua non contestat et anima mea non requiescat” traducible como ” De las profundidades ha clamado mi corazón, sin embargo tu corazón no contesta, y mi alma no descansa”. Existen varias versiones, pero paréceme más profunda esta al aludir al alma. “Diluculum” pertenece a la segunda declinación (um-i) y hace referencia justo al momento opuesto al “Obitus”: el amanecer o comienzo del día.

De ahí que el autor haya decidido subtitular su obra como “Tragedia en tríptico de una noche”. El anochecer, con su corta duración que pone fin al día y nos prepara para horas de oscuridad donde los sentimientos y las emociones surgen desde lo más profundo de nuestro corazón o de nuestra alma para, al fin, ver despuntar el día y dejar atrás, con algo de suerte, los temores nocturnos. No obstante, en mi opinión particular, creo que la noche se ha llevado parte de la esperanza del escritor al leer el título de su último poema “Una canción para el fin del mundo” en donde nos dice que ha muerto la música. Muerta la música, “la justificación del mundo y de la vida”, en opinión de Friedrich Wilhelm Nietzsche, parece que la noche, y los fantasmas que ha traído consigo, han hecho mella en la voz del poeta. No obstante habría que preguntar al autor para conocer la verdadera motivación para esta última canción que tiene un cierto tono desesperado mostrando lo que hubiera deseado y no parece haber conseguido, en su propia opinión: “Sólo quise un sueño / inspirar un sueño / como un susurro la voz en el aire”, palabras que se unen a las del poema anterior donde afirma que el sol está a punto de despertar, pero un poco más débil.

Ya en su primera obra reconocía a la noche como la musa principal de todos aquellos que se llaman “románticos” y, siguiendo esa estela impuesta por él mismo, en Porque nunca fue suyo la noche tiene el papel principal dentro del poemario. En aquel entonces publicó, a semejanza de la “Balada triste” del tristemente ejecutado Federico García Lorca (1898-1936): “Luna lunera, refugio de poetas marchitados por el tiempo. / Nadie como tú ya los recuerda. / Tú que los amaste. / Tú, que fuiste su musa, / su madre, / su reina. / Románticos aún siguen viviendo en los oscuro de la luna llena”. Es posible, y sólo digo posible, que algunos de los poemas que en aquél entonces desechó para sus “Aromas de soledad” sobrevivieran y se hayan transformado en la actual obra; ojalá sea así. Si se me permite incluir dos elogios que recibió el autor por ese primer trabajo, los incluiré: “Me ha emocionado profundamente la difícil facilidad que tienes para traducir los conceptos en puros sentimientos. Fernando, te animo para para que continúes reflejando los destellos que nos hace nuestra vida”, seguido de un ” Tiene madera y seguro que, aunque ya es un triunfador en amor y ternura, la vida le depara muchos triunfos”. ¿Se puede tener mejor predicamento?

Fernando López emplea una serie de estructuras musicales para muchos de sus poemas que les sirve como ritmo sonoro reconocible y que podemos analizar para buscar un sentido en ellas, si bien el autor se ha valido para separar las diferentes voces que intervienen:
Peregrinus expectavi: Compuesta por el maestro Sergéi Serguéievich Prokófiev (1891-1953) y con una duración de tres minutos y dieciocho segundos, es una sobrecogedora obra del compositor y pianista ruso.
Libera me: Se trata de un aria compuesta por el maestro Giuseppe Fortunino Francesco Verdi (1813-1901), si bien también recibe el mismo nombre el responso católico romano empleado en los Oficios de los Difuntos para pedir su absolución.
Pavana: Existen dos opciones plausibles, pero me decanto por la composición clásica homónima del año 1887, opus 50, del compositor francés Gabriel Urbain Fauré (1845-1924). Una obra absolutamente magnífica.
Kyrie eleison: Es una expresión griega que significa “Señor, ten piedad” citada en todas las liturgias cristianas. Pese a existir una versión gregoriana de este canto, solemne, sobrio y piadoso, creo que el autor ha tomado como modelo el réquiem del maestro Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791).

Naturalmente puedo equivocarme en la elección, pero todas ellas tienen algo en común: son piezas excepcionalmente hermosas, trágicas y aportan un valor añadido a los poemas (en efecto, los leí con dichas obras de fondo en una segunda lectura). Las imágenes de niños, así como la ominosa y oscura figura del cuervo, tan identificable con Edgar Allan Poe, y las continuas referencias a la bestia y al apocalipsis, describiendo un lugar en el que “nadie debería vivir aquí”. Esas visiones, tan singularmente espantosas, propias de un Dante Alighieri (1265-1321) que guiara al lector por el anochecer al alma hasta el despertar donde la aciaga historia parece encontrar una pequeña pausa, que no su completa re solución. Sin intención de ofender al poeta, me permito copiar el verso que da título al libro: “Porque nunca fue suyo”.
“Y le hacían sacrificios de sangre para crear un niño / o dar vida a la música / como falos y cuervos, / burlándose del poco / poder que tiene el hombre, lo sencilla / que es la caída desde la gracia y lo aterradora / que es la gracia para ellos.”

A pesar de otras comparaciones que he tenido ocasión de ver con respecto a su trabajo, no puedo evitar pensar en el poeta José de Espronceda (1808-1842), considerado el más destacado poeta romántico español. Además de la fuerza narrativa que tiene la clásica “Canción del pirata”, me gustaría destacar más bien otra obra en este caso: “Desesperación”, que con su tono gris, catastrófico e incluso apocalíptico a su manera tiene una razón de semejanza con la obra actual de Fernando López. En el presente “Porque nunca fue suyo” sigue las normas del romanticismo rompiendo las bases del neoclasicismo y la demostración de fantasía e imaginación que se desprenden de los poemas dan buena cuenta de ello, así como la atracción por lo nocturno misterioso (patente en todo el poemario). La inspiración en temas históricos y legendarios es otra marca del romanticismo, cosa el propio autor admite en sus primeras páginas haber hecho, con lo que creo que su adscripción a este movimiento artístico revolucionario en su día está totalmente justificada. Sólo confío en que no detenga aquí su buen hacer y nos siga deleitando con más poemarios como el presente. Pues aunque todo el mundo diga hacer poesía, seguimos careciendo de verdaderos poetas.
Puedes encontar más sobre este libro y su autor en su blog Buenas noches Nueva Orleans.

Título: Porque nunca fue suyo
EDITORIAL: Kindle Direct Publishing
ISBN: 84-615-7252-6
Autor: Fernando Joaquín López Guisado
Páginas: 76

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