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La chica que amaba a Tom Gordon

Existe un vínculo indefinible entre la voz del narrador y la atención del lector, un vínculo que, en algunos casos extraordinarios, se sobrepone a la propia historia siendo ese nexo común la verdadera razón de ser de la obra literaria. Steven Spielberg en el cine, Will Eisner en el cómic y, por supuesto, Stephen King en la literatura, son claros ejemplos de esa magia indescifrable de la narración, un poder oscuro que se remonta a los claros en el bosque y la luz de las hogueras.

La chica que amaba a Tom Gordon es, si la analizamos fríamente, desnudando su esqueleto argumental, una historia más bien vacua. Trish, una niña de nueve años, se pierde en los tupidos bosques de los Apalaches, tras abandonar el sendero en sus ansias de evitar la constante discusión entre su madre y su hermano, discusión que lleva prolongándose desde que ésta rompiera su compromiso con su padre. Si quisiéramos resumir toda la novela en una sola palabra podríamos hacerlo y la palabra sería: sobrevivir.

A priori, parece imposible que King, o quién sea, pudiera partir de estas limitaciones en la premisa y en el desarrollo —cuenta tan sólo con un personaje y un escenario— y lograr extenderlas en una narración consistente de más de doscientas páginas. Pues bien, leída la novela, lo inexplicable sucede y las cosas no son tan simples como pudieran parecer a primera vista.

“La chica que amaba a Tom Gordon es, como decíamos, uno de los ejemplos más puros de la valiosísima posesión que constituye el estar dotado de una técnica narrativa consistente. King, gracias a su capacidad innata para la penetración psicológica de los personajes, logra el prodigio de interesarnos por las cuitas físicas y mentales que sufre la pobre Trish en su camino al desastre por los Apalaches. Más que interesarnos nos apasiona.

Acierta ya en la estructuración de los capítulos que toma de los períodos en los que se divide un partido de béisbol (nueve entradas) para establecer una de sus bienqueridas analogías entre lo que cuenta y un suceso aparentemente ajeno a la narración (el béisbol) que descubriremos ligado a medida que avancemos en la lectura.

El punto de encuentro entre béisbol y supervivencia nos lo proporciona el propio personaje de Trish y ya se anticipa en su título. El Tom Gordon amado por Trish, es un lanzador de los Red Sox de Boston especialista en cerrar los partidos en la novena entrada, el período del juego fundamental, ya que es su desenlace; en él se decide el ganador. Gordon, personaje real que consiguió un récord de 43 tantos en 1998, es vestido por King como un personaje de tintes mitológicos, una suerte de Lanzarote del Lago que cambia el guante por la espada, con algo de Merlín en su papel de mentor con la niña, porque otro de los elementos más interesantes de la novela es precisamente éste, la ambigua interacción de Trish con su imaginación, imaginación que tal vez tergiverse la realidad o que, por el contrario, quizás sirva de llave para trasponer un umbral que un estado mental saludable no permite traspasar.

A medida que van pasando las páginas, la novela va impregnándose de un tono existencial, pues Trish, una suerte de Alicia perdida en el país de las pesadillas, afronta, en esa tierna etapa de su vida, su primer contacto con lo trascendente, su horizonte vital, por así decirlo y, por tanto, también se enfrenta, por primera vez, a la muerte. Su viaje bajo las sombras del bosque es también un viaje interior, un viaje de aprendizaje, un viaje de cuestionamiento y de auto-descubrimiento. Pero es en la ambigüedad de la plasmación de estos conceptos donde se encuentra la auténtica genialidad de la novela.

La fantasía en King es una fantasía, en muchas ocasiones de origen psicológico; casi podríamos decir que psicológico-traumático. Aunque toda obra artística que busque provocar el terror, o cualquier otra sensación, se nutre de la psique humana, en King esto adquiere una relevancia añadida porque sus propios personajes proyectan sus miedos y dudas sobre esos monstruos, de hecho, esas inquietudes mentales son esos monstruos. Las pesadillas invocadas por King en novelas como “El resplandor”, “La historia de Lisey” o la que nos ocupa, “La chica que amaba a Tom Gordon”, no son proyecciones de un miedo universal, un intento de dar entidad física al horror que todos experimentamos, sino individual, inextricablemente unido al personaje protagonista de la obra en cuestión. Drácula puede ser un monstruo para cualquiera, pero “El chico Larguirucho” o “El Dios de los Extraviados” pertenecen exclusivamente a una ficción en concreto.

Y la reiterada ambigüedad existe en la novela porque King se niega a aclararnos si las entidades percibidas por Trish —“Tom Gordon”, “El Dios de los Extraviados” o “El Subaudible”— son extensiones de su pensamiento o existen en un plano de realidad diferente al cotidiano, al que, como decíamos, sólo puede penetrarse en unas circunstancias físicas y mentales límites. Tres mariposas pueden ser tres figuras embozadas y un oso el recipiente del mal emanado de un bosque.

Emparejada con obras como “El laberinto del fauno”, ya que el punto de vista adoptado impide conocer qué existe y qué no existe, es una decisión de cada lector el cómo interpretar lo ocurrido, “La chica que amaba a Tom Gordon” es una sencilla y tremendamente interesante lectura, que sorprenderá a propios y ajenos por su constante vaivén entre la dulzura más imprevista y la crueldad más salvaje. Una pequeña pieza de cámara de un maestro consumado que siempre sabe cómo y dónde poner sus notas.

Título: La chica que amaba a Tom Gordon
EDITORIAL: Debolsillo
ISBN: 9788497593670
Autor: Stephen King
Páginas: 240

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