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Frankenstein o el moderno prometeo

El monstruo de Frankestein

El origen de la novela del monstruo de Frankenstein es casi una historia en sí misma, por lo que trataremos de resumirlo en lo posible. George Gordon Byron, conocido como Lord Byron y John Polidori, su médico personal, se instalaron durante una temporada en Ginebra, Suiza. El diecisiete de junio de 1816 celebraron una reunión junto a Percy Bysshe Shelley, su esposa, Mary Wollstonecraft Shelley, la hermanastra de esta, la condesa Potocka y Matthew Lewis. Tras celebrar una apasionante velada de lectura de relatos alemanes de fantasmas, Lord Byron desafió a modo de apuesta al pequeño grupo a crear la historia más terrorífica que se les ocurriese. No se conoce si todos lograron cumplir la apuesta salvo en dos casos: Mary Shelley y John Polidori con Ernestus Berchtold o el moderno Edipo, que al final quedó totalmente ensombrecida por la obra que ahora nos ocupa: Frankenstein o el moderno Prometeo.

Es reseñable que Mary Shelley sólo contaba dieciocho años cuando escribió la novela que, según se dice, tuvo su germen en una pesadilla basada en las conversaciones que mantenían Polidori y Percy Shelley respecto de los estudios de Luigi Galvani y de Erasmus Darwin sobre el poder la energía eléctrica para traer de nuevo a la vida a los muertos. Considerada la primera novela de ficción, Frankenstein está construida a modo de las “matroska” rusas o narración concéntrica y con forma epistolar. Este género era muy popular en la época y posteriormente Bram Stoker y su “Drácula” seguirá esta tradición. En la primera “muñeca”, Robert Walton cuenta a su hermana en sus misivas, su viaje al Polo Norte. En una de ella tenemos la segunda “muñeca” donde inserta la narración de Víctor Frankenstein a Walton, en cuyo interior leemos la narración del monstruo a Víctor Frankenstein, la última “muñeca”.

Mary Shelley, nacida como Mary Wollstonecraft Godwin, vivió entre los años 1797 y 1851 en Londres, Inglaterra. Fue narradora, dramaturga, ensayista, filósofa, y biógrafa, aunque todo ello quedase ensombrecido por su mayor creación literaria, la novela gótica acerca del monstruo de Frankenstein. Su padre fue el filósofo político William Godwin y su madre la filósofa feminista Mary Wollstonecraft, que falleció tras darla a luz. Fue editora y promotora de las obras de su esposo, el poeta romántico Percy Bysshe Shelley. A pesar de ese gran logro que eclipsó el resto de sus creaciones, los historiadores han comenzado hace no mucho a investigar con detenimiento todos sus escritos y la valía que se desprende de los mismos, entre otros una postura feminista radical, un deseo de reforma de la sociedad civil (recordemos los años en los que vivió) y un desafío al movimiento romántico. Falleció de un tumor cerebral con 53 años.

La sinopsis de la novela es bien conocida, pero la incluiremos a modo de resumen: Ubicada en la Europa del siglo XVIII y en plena efervescencia científica, el capitán de un barco ballenero escribe a su hermana Margaret su encuentro con el joven estudiante de filosofía natural Víctor Frankenstein. Dicho hombre ha descubierto el secreto para dar vida a la materia muerta y ha creado un ser vivo y, sin medir las consciencias de sus actos, ha empleado para ello partes de otros seres humanos muertos. El resultado es monstruoso y, a partir de aquí, se inicia una confrontación llevada hasta su extremo. Un constante cuestionamiento filosófico y moral del hombre contra su creador y viceversa que conduce la historia hasta su trágico final. Además de una obra maestra de la literatura, se trata de una fantástica novela que muestra los peligros de jugar a ser Dios con aquello que no se conoce y no se es capaz de puede controlar.

Algunas versiones de la novela, que en un principio iba a haber sido un relato corto que la autora comprendió que daba para mucho más, se encuentran prologadas por unas palabras que describen parte del sueño que tuvo y que dio origen a la novela. Las reproducimos por su importancia para la comprensión de la misma y por el hecho de que muestran el claro posicionamiento de la autora frente a su propia creación literaria: “Vi, con los ojos cerrados pero con una nítida imagen mental, al pálido estudiante de artes impías, de rodillas junto al objeto que había armado. Vi al horrible fantasma de un hombre extendido y que luego, tras la obra de algún motor poderoso, éste cobraba vida, y se ponía de pie con un movimiento tenso y poco natural. Debía ser terrible; dado que sería inmensamente espantoso el efecto de cualquier esfuerzo humano para simular el extraordinario mecanismo del Creador del mundo.”

El subtítulo de “el moderno Prometeo” es fácilmente comprensible para aquellos que hayan leído la mitología clásica. Robado por los dioses, el fuego dejó a la Humanidad sin forma de guarecerse del frío, calentar los alimentos o defenderse de algunas bestias. Prometeo, hijo de Jápeto y la oceánide Asia (o Clímene) era el Titán que se sentía más próximo a la Humanidad, decide robar el fuego a los dioses y devolvérselo a los seres humanos. Astutamente burla a Zeus y logra su objetivo aunque, cuando éste lo descubre, le somete a un tormento a través de un águila (hija de Tifón y Equidna) para que devore el hígado de Prometeo. Al ser inmortal, su hígado vuelve a crecerle cada noche y el águila se lo come cada día. Este castigo debía ser eterno, pero Heracles le libera de camino al Jardín de las Hespérides. Siendo Heracles hijo de Zeus, éste ve la liberación como un acto honroso para sí mismo y no vuelve a castigarle.

Pero el núcleo del mito de Prometeo se encuentra en el acto en sí de procurarse para sí mismo actos que estaban reservados a los dioses. De igual forma, Víctor Frankenstein arrebata al Supremo Hacedor el divino don de la creación de la vida y construye de forma exitosa, y contra todo pronóstico favorable, un ser vivo, al que ni siquiera le pone nombre. “Durante casi dos años había trabajado infatigablemente con el único propósito de infundir vida a un cuerpo inerte. Para ello me había privado de descanso y de salud”, confiesa en un momento de la novela. Nacido de la materia inerte, la criatura nace inocente, tal y como se considera a todos los niños en el momento en el que son dados a luz. Su torpeza y su privación del habla, que desconoce, se ven acrecentadas por el desprecio que sufre por parte de su creador, horrorizado de la criatura ha creado y que posteriormente vaga sola por el mundo.

Si realizamos una lectura un poco más profunda del texto y analizando un poco la reacción de Frankenstein, que debiera estar contento ante el éxito de sus denodados esfuerzos, vemos que se trata de una posible alegoría del miedo al embarazo y a la muerte durante el parto, cosa que sucedió en el caso de la autora. Además la autora había sufrido un parto prematuro en el año 1816. Psicoanalíticamente, podemos observar la identificación clara de Mary Shelley con Victor y del monstruo con un bebé no nato o nacido, pero que escapa al control de la madre, algo que resulta aterrador a un nivel subconsciente. El libre albedrío de lo que una vez fue parte de la madre, representa para esta en ocasiones un golpe duro de superar que todos hemos conocido en la figura de nuestras propias madres, ansiosas de mostrar los errores de nuestras actitudes y decisiones adultas. La ruptura del cordón umbilical resulta aquí también traumática.

El rechazo por su propia creación, recordemos en este momento la famosa depresión postparto que hace que, en muchas ocasiones, la madre rechace temporalmente al hijo que ha llevado en sus entrañas y al que posteriormente ama sin límites, aparece igualmente reflejado. La autora se refiere a la criatura como “engendro”, “criatura”, “monstruo”, “demoniaco ser” y otros adjetivos y epítetos que son mostrados al lector aun cuando el ser nacido de un laboratorio, que no de un útero, no ha realizado aún acto violento alguno o merecedor de censura. Sin embargo su visión del mundo, la soledad a la que se ve abocado y la crueldad con la que es tratado a pesar de su carácter pacífico, pues mentalmente sólo es un niño, hacen de él un ser cruel lleno de desprecio, odio y brutalidad hacia los seres humanos a los que consideraba con inocencia sus iguales y que le tratan como a la más despreciable de las criaturas de la Tierra.

“¡Maldito creador! ¿Por qué me hiciste vivir? ¿Por qué no perdí en aquel momento la llama de la existencia que tan imprudentemente encendiste?”

Víctor, consciente de su responsabilidad como creador del ser, al que se empeña en no bautizar en todo momento, quizá para despersonalizarlo aún más, sale en su persecución con el objetivo de destruirlo. La criatura es la clara representación del “buen salvaje”, un pensamiento de la Edad Moderna, que nace con el contacto con las poblaciones indígenas de América. El mundo es el claro corruptor de la inocencia del ser, cumpliendo las palabras de los filósofos John Locke y muy especialmente Jean-Jacques Rousseau, acerca de que el ser humano es bueno por naturaleza y es la sociedad, codiciosa, fanática y degenerada, la que lo convierte en malvado. Esta interpretación, tan aparentemente separada del pensamiento de la autora, es la interpretación aparentemente más acertada de su pensamiento acerca de su propia obra, pues hay escenas, como la de la cabaña en el bosque, que lo demuestran.

“Yo era afectuoso y bueno; la desgracia me ha convertido en un demonio. Hazme nuevamente feliz y volveré a ser virtuoso.”

Asociado a esto e íntimamente unido se encuentra la formación de la propia personalidad en la relación con otras personas. De haber sido recibido con el cariño que el ser quiso mostrar, pues como todo ser humano sólo desea amar y ser amado y respetado, es muy probable que su vida hubiera transcurrido en una pequeña cabaña con un anciano ciego y llevando leña para el frío invierno durante lo que su nueva existencia hubiera dado de sí. Pero no es el caso. En cuanto su presencia es descubierta los habitantes de la casa reaccionan con terror e incluso con violencia sin que el ser comprenda la razón de este comportamiento. Siendo consciente de su fealdad, no consideraba que fuera motivo suficiente para ser agredido por ello, pero es una lección que aprende rápidamente y sabe, desde ese momento, que sólo una persona tan espantosa como él será capaz de permanecer a su lado y brindarle el amor que busca.

“Satán tuvo compañeros, diablos como él, que lo admiraban y alentaban. Yo, por mi parte, estoy solitario y odiado.”

El conflicto entre Victor y la criatura que ha creado trasciende las fronteras de la ficción y podemos encontrar ejemplos parecidos en muchas historias y, especialmente, leyendas y mitos. Los titanes crean a los dioses y son atacados y vencidos por estos últimos. E incluso en la tradición judeocristiana, Dios se enfada con su propia creación (el ser humano) en dos ocasiones memorables: el momento en el que, obedeciendo a la serpiente, come del árbol del Bien y del Mal, intentando ser como el Supremo Hacedor y cuando Caín sacrifica a su hermano Abel en holocausto a Dios para contentarle, pues nada nacido de la Tierra es puro a los ojos del Señor. Por este hecho es expulsado a Nod, lejos de su tierra natal. El creador y lo creado entran en conflicto y, en ambos casos, lo creado es rechazado por el hacedor. En la novela de Frankenstein encontramos paralelismos, pero la criatura no se conforma con su suerte.

“Aunque sea sólo un cúmulo de infelicidad, la vida me es querida y la defenderé.”

En la lucha de la libertad contra la responsabilidad, Víctor olvida la segunda en favor la primera y, en aras de ese libre albedrío, crea al ser sin nombre. Posteriormente, la criatura también hace caso omiso de sus responsabilidades y hace uso de su libertad para convertir la vida de su creador en un infierno y trata de obligarle a que le cree una compañera. Alguien por cuyo amor sería capaz de reconciliarse con el mundo y marcharse de la civilización. Pero Víctor, temeroso de dejar nuevamente a su “hijo” suelto en el mundo, piensa que una raza de seres monstruosos estaría esperando su momento para asaltar el mundo de la gente corriente (pensamiento estúpido en un científico, pues de existir un posible parto por la unión entre ambas criaturas el resultado sólo podría ser un ser humano normal). Si bien en un momento acepta, posteriormente se niega y destruye su creación provocando la cólera de la criatura.

“¿No he de odiar, pues, a quienes me aborrecen? No tendré contemplaciones con mis enemigos, soy desgraciado y ellos han de compartir mi desgracia.”

Desde ese instante se produce una dualidad entre ambos que recuerda en cierto modo a otra obra clásica escrita por Robert Louis Stevenson en 1886 y titulada “El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde” que suele conocerse únicamente como “El doctor Jekyll y el señor Hyde” (recordemos que “Hyde” tiene la misma fonética que “hide” que podría traducirse como “oculto” o “escondido”. Víctor Frankenstein y su criatura forman una dualidad parecida, sólo que son dos mentes y dos cuerpos diferenciados que, de hecho, evolucionan casi al tiempo. Al inicio de la historia Víctor es un hombre obsesionado con hacer el bien que termina por convertirse en una criatura ansiosa de sangre, deseosa de matar a su creación. El ser nace puro como un niño y poco a poco se convierte en una cruel máquina de matar a todo aquello que se opone a sus deseos. Dos doctores Jekyll convertidos ambos en dos señores Hyde.

“¡He aquí una de mis víctimas! En su muerte se consuma mi ansia de venganza y se cierra el cielo de mi mísera existencia. ¡Frankenstein, generoso y devoto espíritu! ¿Acaso me servirá de algo pedirte perdón? Yo, que sin consideración a nada ni a nadie destruí a tus seres queridos… ¡Pero ya estás frío y no puedes responderme!”

La obsesión de uno y el odio del otro les conducirán a un espeluznante y patético final. Cabe aquí destacar, por notoria, la frase más notable de la adaptación que realizó Kenneth Branagh en 1994 y que tituló “Frankenstein de Mary Shelley” (a imitación del “Drácula de Bram Stoker” de Francis Ford Coppola), seguramente la más fiel a la original aunque tomándose ciertas libertades. Dice la criatura en cierto momento de la película: “Algo que me apetece… tener una amigo, un compañero, una hembra que se parezca a mí, así ella no me odiará como tú… Sólo sé que por la simpatía de un solo ser vivo haría las paces con todo. Hay un amor dentro de mí tan intenso que tú ni siquiera lo imaginas. Y una rabia tan intensa que tú no la podrías creer. Si no puedo satisfacer el uno, daré rienda suelta a la otra. Tú debes ayudarme, por favor.”

Pero su deseo no será satisfecho.

Título: Frankenstein o el moderno prometeo
EDITORIAL: Anaya
ISBN: 978-84-66785-36-5
Autor: Mary W. Shelley
Páginas: 160

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4 Comments

  1. Una gran historia de la lucha del hombre contra el Dios Creador.
    Tuve la ocasión de realizar un Reportaje fotográfico de la obra Frankenstein realizada por la Asociación Sociocultural El LLagarón de Valdesoto en Asturias y me causó un fuerte impacto por la fuerza interior de Victor Frankenstein para dar vida a su criatura.
    Si se me permite quería compartir con vosotr@s esta experiencia y mostraros las fotografías de esta increible representación http://www.fotoenlaces.eu/reportaje-fotografico-de-la-obra-frankenstein-realizada-por-la-asociacion-sociocultural-el-llagaron-en-valdesoto-asturias/ Espero que viendo estas imágenes te puedas hacer una mejor composición de esta obra literaria.

    Reply
    • Un excelente reportaje el que enlazas, Manuel. Sin duda acompañar de imágenes el recuerdo de Frankenstein añade otra perspectiva a la historia.

      Reply

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