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El rey de Katoren

Portada El rey de Katoren

Regreso a la literatura juvenil con una pequeña joya del escritor (y físico y político) holandés Jan Terlouw. El rey de Katoren (“Koning van Katoren“), publicado en su país de origen en 1971 y en España en 1983, por parte de Barco de Vapor (serie roja), es sin duda uno de los mejores libros para iniciar a un preadolescente en la fantasía, pues aúna una gran inventiva (utilizando elementos que no pueden ser más clásicos), una historia de madurez y superación y una serie de sublecturas sorprendentemente agudas para un texto de su aparente simplicidad.

El arranque es bien sencillo. El mismo día que muere el viejo y querido rey de Katoren, nace en la capital Stach, un niño al que golpea pronto la tragedia, quedando huérfano y siendo criado por su tío Gervasio hasta la edad de 17 años, en que decide presentarse ante el consejo de ministros que ha dirigido el país durante todo ese tiempo, para inquirir qué tendría que hacer para convertirse en el nuevo rey. Los políticos (bien apoltronados en sus cargos) no se toman a bien esta pretensión, pero tampoco pueden negarse en redondo a atenderla, pues en teoría gobiernan en nombre de un hipotético rey. Así pues, deciden imponerle siete pruebas de extrema dificultad, seleccionadas de entre los problemas más acuciantes de todo el reino, con la promesa de que si las supera le nombrarán rey.
Se inicia así una empresa de resonancias clásicas. El improbable héroe debe demostrar su valía antes de restaurar la normalidad en el reino, sirviendo de igual modo la experiencia como un rito de madurez. El Stach que inicia la aventura es un joven honrado y decidido, con toda las cualidades naturales necesarias para ser un buen monarca, pero carece de la experiencia y las habilidades imprescindibles para ejercer esta función, por lo que el desafío supone tanto un obstáculo a superar como un camino de aprendizaje.
Evidentemente, las ideas políticas de Jan Terlouw permean la narración (irónicamente, años después de escribir el libro alcanzó él mismo la dirección de un ministerio), pero a un nivel muy general, con principios básicos tales como la consideración del ejercicio del poder político como un acto de servicio público (llevado al extremo en la sexta prueba, que exige para salvar al pueblo de Equilibrio del máximo sacrificio), fomentando de igual manera ideas como la tolerancia, la diplomacia como herramienta para solucionar los conflictos y el respeto por las instituciones (y por extensión las sensibilidades) locales (como contrapeso a los siete ministros, Stach trata con siete alcaldes que le apoyan en su empresa).

Tampoco hay que descuidar las resonancias míticas. Son siete y no doce los trabajos, pero la sombra de Hércules planea sobre la narración, con dos de las pruebas presentando fuertes paralelismos con los trabajos referidos a los pájaros de Estínfalo (las aves de Decibelio) y a la hidra de Lerma (el dragón de Humoacre).
Aparte de mostrar una gran capacidad evocativa, Terlouw emplea las aventuras para transmitir un mensaje, que en ocasiones es muy simple (como el antimilitarismo de la prueba del árbol explosivo de Palenque), pero en otras maravillosamente sutil, como su alegato por la tolerancia religiosa a lo largo de la prueba de las iglesias ambulantes de Ecúmene, o su denuncia de la investigación médica entendida como una actividad para el lucro personal (la epidemia de narices protuberantes de Pituita).
Además, pese a tratar la historia sobre un joven que desea ser rey (el epítome del poder absolutista), Terlouw, un demócrata convencido, no puede sino dejar claro que la legitimidad emana del pueblo, con una “prueba cuarta bis”, que Stach no podría en modo alguno haber superado sin el concurso espontáneo del pueblo (que, de un modo simbólico, lo elige como gobernante). De igual modo, la última prueba supedita el cargo a una última condición, que deban ser siete personas de más alto rango las que encumbren al futuro rey (de un modo análogo a como los diputados “proclaman” nuevo presidente). Además, Stach, una vez cumplida su aspiración, se impone un límite a su mandato, obligándose a superar cada año una prueba como las que le han sido planteadas.

Evidentemente, todas estas sublecturas no son las que hacen atractivo el libro a un niño. Tal vez sea la actitud optimista y emprendedora de Stach, o el modo en que lo fantástico se inmiscuye en la realidad cotidiana, con ambientes tan exóticos como el pantano de Humoacre, o imágenes tan potentes como la de un gran templo que no deja de desplazarse sin que le importe lo que pueda llevarse por delante. Resulta refrescante, sobre todo en una colección que en su serie roja a menudo tiende a minusvalorar la fantasía (al parecer, dejarse de tonterías fantásticas a partir de los doce años es uno de los requisitos para una educación bien equilibrada).
Sea como sea, “El rey de Katoren” es una lectura fascinante, que se presta a sucesivas relecturas sin que por ella pierda un ápice de interés. Un modo magnífico de iniciarse en la literatura fantástica.

(Publicada previamente en el blog Rescepto).

Título: El rey de Katoren
EDITORIAL: SM
ISBN: 9788434812475
Autor: Jan Terlouw
Páginas: 208

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